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Cuneto: La Mujer Perfecta

Era muy pequeña la primera vez que me guiaron al camino para convertirme en la mujer perfecta, inclusive tan pequeña que me atrevería a decir que ni siquiera lo recuerdo, ni siquiera era consciente de mi existencia. Entre risas, felicitaciones y llantos, el color rosa inundaba el cuarto. Las pequeñas coronas de princesas adornaban los globos, las zapatillas de ballet estampaban todo alrededor. Las infaltables palabras del doctor “felicidades señora, usted tuvo una hermosa niña”, logrando llenar el lugar con la emoción de todos los presentes. La familia, sin poder vivir el presente, imaginando el futuro incierto y lejano “tendrá mil pretendientes”, “va a ser hermosa y delicada, tendrás que cuidarla mucho” o aquella frase que nunca puede faltar “será una increíble mamá”. A tan solo unos minutos de nacida, todos habían logrado construir en su cabeza una historia diferente de cómo sería mi vida, cómo sería mi aspecto, actitud y forma de ser, pero por alguna razón todos concordaban en algo, yo sería la mujer perfecta.


Como en la historia de cualquier persona, fue pasando el tiempo, crecí, cumplí cinco años. Mis padres organizaron una fiesta de cumpleaños para mí, y por primera vez me permitieron escoger la temática de la misma. La elección de Power Rangers borró las sonrisas en los rostros a mi alrededor, “¿no te gustaría ser Blanca Nieves? Podrías usar un vestido hermoso” y “Creo que una fiesta de Barbie sería muy divertida, hija” fueron las respuestas a mi propuesta. A pesar de mi joven edad, me mantuve firme con mi decisión, pues quién querría ser una aburrida princesa perdida en el bosque, cuando se puede ser una poderosa y ágil guerrera que se dedica a salvar el mundo con sus amigos. Vestirme de la Power Ranger rosa, la más femenina y coqueta del grupo, fue la solución. No fuera a ser que la gente malinterpreta las cosas, no fueran a pensar que no me gustaban las cosas de niña, de mujer perfecta. Curiosamente con mis amigas pasó lo mismo, a pesar de que todas teníamos padres diferentes y crianzas variadas, de alguna manera todos ellos concordaban que las princesas, muñecas y Barbies eran la mejor temática y que el rosa era la solución siempre.

Recuerdo la emoción al abrir uno de los regalos de aquella fiesta que tuve, era una pistola Nerf, de esas que solo podía usar cuando visitaba a mis primos en el verano. Yo no estaba acostumbrada a tener ese tipo de juguetes, más bien mi cuarto de juegos estaba lleno de juguetes de “niña”. Una pequeña cocinita esperaba al cruzar la puerta, llena de sartenes y comida, acompañada de su kit de limpieza para la casa. Imaginaba cómo sería cocinar para la familia y mantener la casa impecable en todo momento, tal y como lo hacía mi madre. También contaba con una extensa colección de Barbies. Sus cuerpos eran esculturales, su cabello rubio y ojos del color del cielo, siempre vestidas en hermosos vestidos con altos tacones y maquilladas a la perfección.


Estas constantemente cumplían el rol de querer conquistar a Ken para casarse con él y formar una familia, una y otra vez esa era la historia que se repetía. En los estantes había más de un bebé, estos eran mi manera de aprender a ser una buena mamá. También recuerdo un pizarrón que me obsequió mi abuela con esperanza de darme una visión a futuro sobre lo que me dedicaría, acomodaba mis peluches y les daba clases durante horas. En pocas palabras pasaba los días ahí, encerrada, jugando a ser la mujer perfecta. Sin siquiera saber de dónde venía esa idea, vagamente comenzaba a entender de qué se trataba. No importaba el juego del día, la historia siempre se repetía.


A finales de primaria entré a una escuela donde el uso de falda era ley. Verse femenina y pura, pero el mismo uso “incorrecto” de esta prenda podría traerte problemas y convertirte en aquella alumna indecente y fácil a la cual los docentes y compañeros solían criticar. En una ocasión una chica luchó porque se le permitiera usar pantalón al igual que los hombres, pues no se sentía cómoda. Sin siquiera escuchar su petición a profundidad, fue rápidamente negada “las faldas son para niñas y los pantalones para niños, ¿acaso quieres ser un hombre?”. Como si fuera una constante que se repetía estas palabras me llevaron a aquellos momentos en los que mi madre me alistaba para salir y yo me rehusaba a usar vestido debido a que era poco cómodo para correr, saltar y divertirse. No importaba cuánto luchaba, terminaba usando vestido. Aprendí que hasta las cosas más sencillas, como el uso de una prenda, definía qué tan cerca o no estabas de ser la mujer perfecta o no.

Llegué a la adolescencia, cosas que nunca me importaron comenzaron a volverse muy relevantes para mí de un día a otro. Gustarle a los hombres se convirtió en una prioridad. Acudí por consejo a mi mamá, “hija, a los hombres les gustan las chavas femeninas, las chicas coquetas, pero no fáciles, tienes que empezar a arreglarte y cuidarte para verte linda, entonces les gustarás”. Comencé a buscar referencias, o más bien empecé a fijarme en las referencias que siempre me habían rodeado. Todas las mujeres eran de lugares diferentes, con historias y vidas diferentes, pero todas tenían en común aquel pelo largo y rubio (en algunas ocasiones castaño claro); cuerpos perfectamente definidos y tonificados; abdómenes planos y curvas marcadas; pieles de porcelana, sin marcas o defectos; vestidas en ropa que exponía aquellos cuerpos perfectos que tenían y siempre impecables. Como dije, todas eran diferentes, pero de alguna forma todas eran iguales, todas eran la mujer perfecta.


Por primera vez en la vida entendí lo que por tantos años había estado acechándome, definiendo mi vida. Entendí lo que era ser una mujer perfecta. Entendí que esta mujer era aquella con la que todos querían estar y aquella que todas anhelaban ser. Aquella chica servicial, tranquila, pura, amable y femenina. La mujer que sería una perfecta ama de casa, una perfecta esposa, una perfecta madre. Una mujer con un cuerpo escultural y una sonrisa siempre en su rostro. Una mujer que disfrute el uso continuo de vestidos y color rosa en sus prendas. Siempre perfumada, impecable y maquillada. Entendí que de alguna manera inexplicable todas y cada una de las personas a mi alrededor podrían describir a la mujer perfecta si se los preguntaba. Entendí que era un imaginario que toda la sociedad a mi alrededor compartía, que tenía un trasfondo histórico y largo, pero que a pensar de los años seguía siendo el mismo. De alguna manera logró pasar intacto de generación en generación. Dentro de la cabeza de todos, una idea de la mujer perfecta se alojaba y poco a poco, comenzó a alojarse en la mía también.

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