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La doble moral de “La casa de las flores”

“¿Ves cómo hay secretos que es mejor guardar? Porque, si salen a la luz, o terminas colgándote o te terminan colgando,” Roberta.

Antes de “La casa de las flores” fue la doble moral.


La hoy emblemática serie de Netflix que curiosamente tuvo su primer momento cuando Manolo Caro, su creador y director, se encontraba en el Festival de Los Cabos presentando “La vida inmoral de la familia ideal”, donde le ofrecieron colaborar con Netflix, estuvo a punto de compartir ese decoroso elemento en su título. Y no es que “La casa de las flores” no hable de doble o dobles moral(es), que lo hace y de qué manera, sino que le rinde “homenaje” de otra forma.


“La casa de las flores” marca con éxito el debut de Manolo Caro en las series, luego de cuatro proyectos cinematográficos. Denominada como una “telenovela millenial” o un “culebrón posmoderno”, “La casa de las flores” se convirtió en un fenómeno la misma noche de su estreno el 10 de agosto de 2018. Sus capítulos de casi 30 minutos, aunados al drama familiar que se plantea desde el primero, cuando Roberta (Claudette Maillé) se suicida en “La casa de las flores”, el negocio de la familia De la Mora, justo cuando ésta está celebrando y dejando al descubierto que Ernesto (Arturo Ríos), el patriarca, tenía otra familia, hicieron inevitable ver “de un jalón” los 13 episodios. Así, mientras se visitaba una flor, como se denominan, se experimentaba la emoción que simbolizan y se conocía mejor a Virginia (Verónica Castro), la madre, y a sus tres hijos: Paulina (Cecilia Suárez), la hija mayor, dirigente de la empresa y madre soltera que habla “pau-sa-di-to”; Elena (Aislinn Derbez), la de en medio y quien está comprometida, pero poco sabe de qué quiere hacer con su vida, y Julián (Darío Yazbek), novio de Lucía (Sheryl Rubio), una joven de sociedad, y amante de Diego (Juan Pablo Medina), el administrador de la familia y de quien realmente está enamorado.


El abono que tanto bien hizo “La casa de las flores” se conforma del clásico secreto, tan bien manejado en las telenovelas clásicas y que dosificado ayuda a mantener el interés, ya sea porque se desconocía lo revelado o porque se esperaba la reacción de algún personaje… ¡y vaya que hubo reacciones! Por si fuera poco, a diferencia de los melodramas clásicos (y los contemporáneos también, que tampoco es que sean tan distintos), “La casa de las flores” verdaderamente se abre, cual capullo en primavera, a hablar, sin pelos en la lengua o hierba en el jardín, sobre temas que incluyen la homosexualidad, la infidelidad, la diversidad, el transexualismo, la empatía, la resiliencia y la variedad que puede haber en los tipos de pareja. Esta no es otra “historia de amor”. Es una historia de familia. Y la familia De la Mora tiene muchos secretos, una vida un tanto surrealista, mucho sentido del humor, voluntario e involuntario, negro, irónico y de varios otros colores.


“La casa de las flores” no sólo es una florería… bueno sí, pero también es el “otro negocio”, el de la casa chica, un centro nocturno donde varios trasvestis imitan a los íconos de la comunidad LGBT+. Paulina Rubio, Yuri, Gloria Trevi y otras más cantan y encantan. Ahí, “las flores” ven los límites de lo sexual y lo moral encontrarán otras oportunidades como sucede en la segunda temporada. Y es que “La casa de las flores” también se atreve a llevar a otros niveles lo que antes se había visto. Por ejemplo, de Julián se acaban conociendo varios frentes o perfiles, según se prefiera, y con varias parejas… ya sea uno a la vez o incluso con un par al mismo tiempo… para qué separar cuando se puede integrar. Y claro, está Pau-li-na, el personaje que desató su propio challenge en las redes sociales y cuya forma de hablar se ha “con-ver-ti-do” en un referente obligado… quién diría que ese “son-so-ne-ti-to” ha harían tan memorable y entrañable cuando de otra forma caería un tanto “pe-sa-di-ta”.


Denominarla una “telenovela” ha sido para algunos una forma de denostar a “La casa de las flores”, pero nada más alejado de ello. El propio Caro reconoce que lo es y no habría porqué avergonzarse del género televisivo más popular, trascendente y de impacto nacional e internacional. Reinventarlo o actualizarlo, contando con Verónica Castro, reina de las telenovelas, fue una estrategia clave para conseguir el impacto. Quién se hubiera imaginado que Rosa Salvaje ahora sería una señora de sociedad que se echa sus “fumaditas” de marihuana. Y aunque la Castro no volvió, su ausencia, bueno, la de Virginia, detonó el conflicto de la segunda temporada y se mantiene en la tercera, donde se le visitará o conocerá en su juventud.


Una casa es el lugar donde la familia se resguarda, es el símbolo del cuerpo y un reflejo de la psique… y qué dice una psique que es de flores, insignia de la vida, la belleza y la fugacidad… que son el centro y el reflejo del alma… que sí, que quizás esa casa de las flores muestre algo y sea otra cosa, o no tanto, quizás lo sea en parte y en otra no, pero que sin duda tiene una doble moral, pero que sin duda, como buena familia mexicana y como ha declarado Caro que es la premisa (o semilla, para hablar en términos de florería): “pase lo que pase, nos vamos a mantener unidos”.

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